EVANGELIO JUNIO 27 DE 2021

PAN DE PALABRA DOMINGO

PRIMERA LECTURA. Del libro de la Sabiduría

Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera. Las creaturas del mundo son saludables; no hay en ellas veneno mortal. Dios creó al hombre para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza de sí mismo; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan quienes le pertenecen. Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL. Salmo 29 – R/. Te glorifico mi Señor porque Tú me libraste.

•Te alabaré, Señor, pues no dejaste que se rieran de mí mis enemigos. Tú, Señor, me salvaste de la muerte y a punto de morir, me reviviste. R/.

•Alaben al Señor quienes lo aman, den gracias a su nombre, porque su ira dura un solo instante

y su bondad, toda la vida. El llanto nos visita por la tarde; por la mañana, el júbilo. R/.

•Escúchame, Señor, y compadécete; Señor, ven en mi ayuda. Convertiste mi duela en alegría,

te alabaré por eso eternamente. R/.

SEGUNDA LECTURA. De la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 8, 7. 9. 13-15

Hermanos: Ya que ustedes se distinguen en todo: en fe, en palabra, en sabiduría, en diligencia para todo y en amor hacia nosotros, distínganse también ahora por su generosidad. Bien saben lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza. No se trata de que los demás vivan tranquilos, mientras ustedes están sufriendo. Se trata, más bien, de aplicar durante nuestra vida una medida justa; porque entonces la abundancia de ustedes remediará las carencias de ellos, y ellos, por su parte, los socorrerán a ustedes en sus necesidades. En esa forma habrá un justo medio, como dice la Escritura: Al que recogía mucho, nada le sobraba; al que recogía poco, nada le faltaba. Palabra de Dios.

EVANGELIO. Del Evangelio según san Marcos 5, 21-43

En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla y ahí se le reunió mucha gente. Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: “Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”. Jesús se fue con él, y mucha gente lo seguía y lo apretujaba. Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada. Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de él, se volvió hacia la gente y les preguntó: “¿Quién ha tocado mi manto?” Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’ ” Pero él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”. Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: “Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: “¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida”. Y se reían de él.

Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: “¡Talitá, kum!”, que significa: “¡Óyeme, niña, levántate!” La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar. Todos se quedaron asombrados. Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que le dieran de comer a la niña. Palabra del Señor.

PARA MEDITAR: Óyeme, niña, levántate! Marcos en su pasaje evangélico de hoy aumenta la información sobre la persona de Jesús y muestra cómo el misterio del Reino se refleja en el poder que Jesús ejerce en favor de los discípulos y de la multitud y, sobre todo, en favor de los excluidos y de los marginados. Al mismo tiempo, en la medida en que este poder se manifiesta, aumenta en los discípulos la incapacidad de comprender, y es siempre más claro que deben cambiar las ideas que tienen sobre el Mesías. De lo contrario, la incomprensión crecerá y corren el peligro de alejarse de Jesús.

Deberíamos tener más fe en esa fuerza salvadora de Jesús, también en relación con esas dos realidades que tanto nos preocupan, la enfermedad y la muerte. Sobre el gran interrogante de la muerte, no tenemos los cristianos una “solución” al enigma, pero sí tenemos luz para afrontarla con sentido y confianza: “el que cree en mí, aunque muera, vivirá”.

Cristo nos quiere seguir curando a nosotros, que llegamos no sólo a tocar el borde de su manto, sino que nos alimentamos de su misma Persona en la comunión. Deberíamos tomar como dichas a nosotros las palabras de Jesús: “A ti te lo digo, levántate”. Seguro que tenemos de qué levantarnos: de la pereza, del pecado, del desánimo … Debemos creer en Jesús, no solo cuando todavía hay esperanza, sino también cuando ya todo parece irremediable, creyendo “contra toda esperanza”.

PARA REFLEXIONAR: ¿Cómo es el comportamiento de la mujer que ha tocado a Jesús? ¿Y qué es lo que le da la fuerza para tocar a Jesús?

ORACIÓN FINAL: Solo Dios puede crear, pero nosotros podemos revalorizar lo que Él ha creado. Solo Dios puede dar la vida, pero nosotros podemos transmitirla y defenderla. Solo Dios puede dar la fe, pero nosotros podemos dar testimonio de ello. Solo Dios puede infundir esperanza, pero nosotros debemos devolverle la confianza. Amén.

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