EVANGELIO AGOSTO 29 DE 2020

PRIMERA LECTURA. De la primera carta de san Pablo a los Corintios 1, 17-25

En aquellos días, EL Señor me dirigió estas Palabras: “Cíñete y prepárate, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No temas, no titubees delante de ellos, para que yo no te quebrante. Mira hoy te hago ciudad fortificada, columna de hierro y muralla de bronce, frente a toda esta tierra, así se trate de los reyes de Judá, como de sus jefes, de sus sacerdotes o de la gente del campo. Te harán la guerra, pero no podrán contigo, porque yo estoy a tu lado para salvarte”.

Palabra de Dios.

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SALMO RESPONSORIAL. Salmo 70. R/. Proclamaré Señor tu misericordia.

• A ti, Señor, me acojo: que no quede yo nunca defraudado; tú que eres justo, ayúdame y defiéndeme, escucha mi oración, y ponme a salvo. R/.

• Sé para mí, refugio y salvación, pues eres tú mi roca y mi baluarte; del poder del inicuo y del violento, ven, Dios mío, a librarme. R/.

• Desde mi juventud, Señor, mi esperanza tú fuiste; desde antes de nacer me apoyé en ti y tú me protegiste. R/.

• Yo proclamaré siempre tu justicia, y tu gran compasión, a todas horas. Me enseñaste a alabarte desde joven y no he dejado de anunciar tus obras. R/.

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Del Evangelio según san Marcos 6, 17-29

Herodes había mandado tomar preso a Juan y lo tenía encadenado en la cárcel por causa de Herodías, esposa de su hermano Filipo. Herodes se había casado con ella y Juan le decía: “No te está permitido tener a la mujer de tu hermano”. Herodías lo odiaba y quería matarlo, pero no podía porque Herodes sentía respeto por Juan, lo consideraba un hombre justo y santo, y lo protegía. Cuando Juan le hablaba, no sabía que hacer, pero lo escuchaba con gusto. Se presento la oportunidad cuando Herodes, el día de sus cumpleaños dio un banquete a sus nobles, a sus oficiales y a los personajes principales de Galilea. Durante el banquete danzó la hija de Herodías y gustó mucho a Herodes y a sus invitados. Entonces el rey dijo a la muchacha: “Pídeme lo que quieras y te lo daré”. Y le prometió con juramento: “Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”. Ella fue a preguntar a su madre: “¿Qué pido?” Esta respondió: “La cabeza de Juan Bautista”. Inmediatamente corrió a donde el rey y le dijo: “Quiero que ahora mismo, me des en una bandeja, la cabeza de Juan Bautista”. El rey se entristeció, pero no quiso negárselo porque lo había jurado en presencia de los invitados, al instante ordenó a un verdugo que le trajera la cabeza de Juan. Este fue a la cárcel, y le cortó la cabeza. Luego, trayéndola en una bandeja se la entregó a la muchacha, y esta se la pasó a su madre. Cuando los discípulos de Juan se informaron de lo ocurrido, fueron a recoger el cuerpo y lo enterraron en un sepulcro.

Palabra del Señor.

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PARA MEDITAR: Diles lo que yo te mando. No les tengas miedo. El joven Jeremías –cuando fue llamado por Dios tendría menos de veinte años– recibe una misión difícil, para la que necesitará toda la fuerza de Dios. Era en los años trágicos en que se estaba fraguando el destierro definitivo, por culpa de las opciones equivocadas de los dirigentes del reino de Judá.

Dios lo puso “frente a todo el país, frente a los reyes y príncipes, frente a los sacerdotes y la gente del campo”. Con la misión, recibe también la promesa de la ayuda divina: “No les tengas miedo”, “lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte”.

Es una buena figura de profeta, para preparar la de Juan el Bautista. A veces la misión que Dios encarga a uno supone sacrificio y contradicción. El salmo nos recuerda dónde está la fuerza para llevarla a cabo: “Mi boca contará tu salvación… A ti, Señor, me acojo, sé tú mi roca de refugio… Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza desde mi juventud”.

Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan Bautista. Parece que Herodes apreciaba a Juan, a pesar de su denuncia, y “lo respetaba, sabiendo que era un hombre honrado y santo”. Pero la debilidad de este rey voluble y las intrigas de Herodías y de su hija acabaron con la vida del último profeta del Antiguo Testamento, el precursor del Mesías, la persona de quien Jesús dijo que era el mayor de los nacidos de mujer. De este modo, Juan no solo anunció la venida del Mesías, sino que también anticipó su muerte martirial.

Lo mismo que Juan, todos deberíamos ser “precursores”, anunciadores de Cristo Salvador, preparadores de sus caminos, para que otros lo conozcan y lo sigan. Y, como Juan, lo hemos de hacer con una actitud de gozosa humildad, porque “Él tiene que crecer y yo tengo que menguar”. No salvamos nosotros al mundo. No nos predicamos a nosotros mismos, sino que señalamos al Enviado de Dios, como hizo Juan: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Son las palabras que recordamos cada vez que el sacerdote nos invita a acercarnos a la comunión y que, por tanto, hoy podemos decir con especial énfasis.

De Juan aprendemos, sobre todo, su fortaleza de profeta y testigo; además, la coherencia de su conducta con las palabras que predicaba. Al proclamar la Buena Nueva de la salvación, a veces tendremos que denunciar también la injusticia y la falsedad. Como Juan en el caso de Herodes, con las consecuencias que ya sabemos. Como Cristo Jesús, el profeta auténtico, al que persiguieron porque fue libre y señaló unos caminos que no gustaban a las clases dirigentes del pueblo judío.

Celebrar el martirio de san Juan el Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad, no admite componendas. La Verdad es Verdad, no hay arreglos. La vida cristiana exige, por decirlo así, el “martirio” de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros, que sea Cristo quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones. Pero esto solo puede tener lugar en nuestra vida si es sólida la relación con Dios. La oración no es tiempo perdido, no es robar espacio a las actividades, incluso a las actividades apostólicas, sino que es exactamente lo contrario: solo si somos capaces de tener una vida de oración fiel, constante, confiada, será Dios mismo quien nos dará la capacidad y la fuerza para vivir de un modo feliz y sereno, para superar las dificultades y dar testimonio de Él con valentía (cf. Benedicto XVI. Audiencia general, 28-08-2012).

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